SIETE HORAS.-
Parecía ser que a ratos solo le importaba mirar más allá del horizonte, entonces él con mucha pena se ponía de pie y abandonaba el lugar. Siempre volvía una hora después, con ese tiempo bastaba para que ella aclarara las ideas en mente que no la dejaban actuar. Era costumbre llegar tres horas antes de que el sol bajara al límite e irse tres horas después que caía la noche, a su vez era rutina también que el le diera un espacio para que pudiera pensar con calma. Una vez que él llegaba al lugar, ella lo esperaba con una tierna y acogedora sonrisa y entre tantas miradas, segundos, juegos, minutos, se hacían uno al mismo tiempo que el Sol lo hacía con el Mar. No habían palabras en su relación, simplemente no les hacía falta. Solo bastaban los actos, miradas y caricias, para expresar lo que sentían. Y después de contar cien estrellas en la oscuridad hermosa del cielo nocturno, con las manos entrelazadas se internaban en su camino de regreso a casa. Todo siempre estaría bien, ya que al otro día lo esperarían el Sol, el Mar, seis horas, Cien estrellas y su amor.

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Anacronismo
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